sábado, 3 de septiembre de 2016

La fuerza de la diferencia

La fuerza de la diferencia

Por primera vez tuvimos la oportunidad de estar en el Foro de Inclusión en el que compartimos con muchas personas diferentes.

En este caso, hablar de diferencia va más allá del vestir, de la forma de pensar o de hablar. Aquí hablamos de la DIFERENCIA como parte de la identidad de la persona, de la principal condición o característica. Etimológicamente decimos que una persona discapacitada es menos capaz que los demás. Sin embargo, pudimos ver a chicos y chicas con capacidades muy superiores a las nuestras. Superan “condiciones” físicas o cognitivas muy fuertes, y la diferencia en ellos está precisamente en que es su principal cualidad. Aprenden a ser felices simplemente porque están vivos, porque comparten con sus familias, amigos y compañeros de colegio cada día sin pre-ocuparse del mañana.

Toman su fuerza de esa diferencia, aprenden a ser ellos mismos con sus capacidades únicas y condiciones especiales; se convierten en personas íntegras, honestas y buscan tener reconocimiento de los demás tal como son. Las etiquetas que les pone la sociedad y que todos usamos indistintamente, no es coherente con la INCLUSIÓN. Al utilizar dichas etiquetas los EXCLUIMOS, y es importante que cambiemos en primer lugar nuestra manera de hablarles y llamarlos por su nombre, no por sus características físicas o cognitivas.

Ellos nos enseñaron su fuerza interior, su magia, su poder y su conexión con Dios. Son ángeles en la tierra, maestros de vida de quienes podemos aprender la humildad, ver en sus ojos el amor puro y sincero.

Como madre de una niña sorda y que ha superado muchas etapas y dificultades que le han permitido llegar al colegio y tener una vida como las demás niñas de su edad, con una inclusión real y que aún estamos en proceso de entender y ajustar. La vida para nosotras ha sido un viaje de único, como si fuera un viaje a un destino desconocido pero que tenemos la ilusión de que será fantástico, tanto o más que lo vivido hasta ahora.

Si me dieran la oportunidad de tener a mi hija “normal”, sin su discapacidad, sin dudar un segundo diría que NO. Sin ella, no sería la madre que soy, ni la persona que soy; ella me ha llevado a explorar todos mis límites, mis potenciales y mi amor incondicional, y justo cuando me siento desfallecer, ella llega y me levanta. Y así lo vivimos la mayoría de las madres que tenemos hijos especiales. Lo son simplemente porque son nuestros hijos.

Continuaremos nuestro viaje con la fuerza de su diferencia.

Ana Cristina Restrepo

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